por CLAUDIO M. CHIARUTTINI
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Sin Saco y Sin Corbata/Radio El Mundo). El 13-S también fue un hecho histórico. Nadie esperaba una marcha con tanta participación, con la gente perdiendo el miedo a un gobierno que abusó del poder y la ausencia total del aparato político tradicional en la organización. Como ocurrió con la “Primavera Árabe”, los “indignados” y otras protestas espontáneas que se siguió vía la TV e internet, en el mundo global, la sorpresa obligó a improvisar lecturas y sacar conclusiones, muchas de ellas, equivocadas.
Por ejemplo, el gobierno se asustó, los opositores quedaron con la boca abierta, los sociólogos improvisaron explicaciones y los politólogos buscaron relacionarlo con fenómenos similares. Aún hoy, muchos de los argumentos esgrimidos suenan huecos, contradictorios, incompletos.
La primera reacción de la Casa Rosada fue ignorar la marcha, luego responsabilizó por la movilización a la oposición y al Grupo Clarín, pasó a minimizar el número de participantes y a contentarse con indicar que ningún político no kirchnerista podría capitalizar la protesta. Así, nunca bucearon en las causas que llevaron a la gente a salir a reclamar, los motivos que impulsaron a la masa a caminar hacia Plaza de Mayo o qué efectos tuvo sobre los que participaron del hecho histórico.
En la oposición, el asombro abrió la puerta al apoyo manifiesto, luego generó interés en conocer cómo y quiénes promovieron la jornada y se prometieron no ser prescindentes de la nueva protesta. Ahora, hasta partidos antikirchneristas minúsculos adhieren al 8-N, Elisa Carrió, en medio de insólito llanto, llama a concurrir al Obelisco; Luis Barrionuevo y Hugo Moyano se unen para defender el dinero para las obras sociales y prometen movilizar, el Frente Amplio Progresista analiza la forma de estar presente en la 9 de Julio, el macrismo, a través de colectivos como La Solano Lima, se esfuerza por ser protagonista de la jornada; y el Grupo Clarín promete una gran cobertura. Nadie quiere quedar afuera.
En la memoria histórica y social argentina, el cierre de campaña en el Obelisco porteño, de Raúl Ricardo Alfonsín en 1983, quedó marcado como el anticipo del triunfo de la Unión Cívica Radical al Partido Justicialista. Por eso, muchos opositores creen que el 13-S y el 8-N proyectan una debacle del cristinismo, auguran un triunfo de las fuerzas antikirchneristas en las próximas elecciones legislativas y claves para alcanzar una derrota de Cristina Fernández en el 2015. Sin duda, una cadena de especulaciones, por lo menos, arriesgada.
En el oficialismo prefieren hacer una comparación, por el revés, con el 17 de Octubre de 1945 y en ese contexto intentan negar la espontaneidad de la movilización, la improvisación de la organización y buscan oscuros financistas que promoverían la marcha. El periodista militante busca conspiraciones, culpables y tramas secretas que no existen. La denostación y la tergiversación son sus armas. El 8-N los paraliza y sus consecuencias potenciales, los desconciertan.
De esta forma, tanto cristinismo como opositores reaccionan a la manifestación de la clase media sin comprender que estamos ante un fenómeno social nuevo en América latina. No es posible comparar el 13-S o el 8-N con la “Primavera Árabe”, ni con los “indignados”, ni con los reclamos sociales como los “piqueteros” o las marchas contra la globalización. Tampoco con el cierre de campaña del candidato presidencial de la oposición venezolana Henrique Capriles Radonski. Las causas que llevan a los participantes de la protesta argentina a Plaza de Mayo son muy diferentes.
No se puede decir que 15 personas en Facebook o Twitter organicen una marcha de decenas de miles de personas. En el fondo, ese grupo, es el emergente de un descontento que existe en la sociedad. Su experiencia en el uso de redes sociales, la inteligencia o falta de ella en sus acciones, sus aciertos o sus errores, los lemas oportunos o los postulados equivocados que lanzan, las estrategias complejas o simples que despliegan los convierte en catalizadores de una masa informe de argentinos que necesita expresar su enojo, su desprecio, su bronca hacia un gobierno que sospechan o están convencidos no los representa.
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Es natural que entre ese grupo de catalizadores sociales haya macristas, gente que participó de la revuelta del campo, ex miembros de la Coalición Cívica o ex candidatos de algún que otro partido opositor. La condición necesaria de ese conjunto es la militancia, el fervor, la pasión en la acción. Sin duda, una excepción en una sociedad pasiva, pero condimento necesario para que se produzca un fenómeno social de estas dimensiones.
Este grupo de catalizadores sociales desconciertan al gobierno y sus intelectuales orgánicos. Cristina Fernández y su entorno, que reclaman, exigen y festejan la participación de los colectivos sociales y los jóvenes en la política, hacen todo su esfuerzo para que los periodistas militantes desnaturalicen un hecho político tan importante como el 13-S o el 8-N.
Las mismas personas que celebran que los jóvenes mayores de 16 años puedan votar, que intentan institucionalizar colectivos sociales militantes propios bajo el nombre de “Unidos y Organizados”, que dicen que el “modelo” amplía los derechos políticos de las personas no ahorran críticas para mostrar su desprecio por miles de personas que toman una cacerola y muestran su descontento. Así, “volver a la política” y “ampliar derechos” parecen prerrogativas que sólo pueden alcanzar el 54% que votó a la Presidente de la Nación. Una visión antojadiza y sectaria de la política.
Cuando Cristina Fernández eligió como estrategia agonal para darle forma, identidad y masa participativa al kirchnerismo dividir la sociedad entre “amigos” y “enemigos” creyó que sólo daría forma, identidad y masa participativa a su fuerza política. Sin embargo, también se la otorgó a la oposición, a las fuerzas que están enfrentadas al gobierno.
Cuando Carl Schmidt creó la idea de “amigo” – “enemigo” para consolidar la identidad alemana y el nazismo la usó para fomentar la identificación aria, Europa desarrollo su conciencia latina y eslava, Polonia fortaleció su nacionalismo y los judíos recuperaron la esperanza de volver a Jerusalén. Así, la política agonal de crispación social crea un “nosotros”, pero también le da sentido al “ellos”, dado que esos “ellos” se convierten, a su vez, en otro “nosotros”.
En psicología social se suele decir que la identidad de uno se desarrolla en referencia a la identidad de otros. Sin la otredad, no hay yo. Con su acción, con sus palabras, con sus ataques, Cristina Fernández creó el 13-S y le dan sentido al 8-N. Cuanto más intente la Presidente de la Nación dividir la sociedad argentina entre “ellos” y “nosotros”, futuras marchas opositoras ganarán masa, identidad y pertenencia.
La “Primavera Árabe”, los “indignados” y otras movilizaciones impulsadas por redes sociales no han logrado institucionalizarse y convertirse en opción electoral o social. Así como se crearon, se disolvieron. Fueron fenómenos transitorios. Por eso, el apuro de los partidos de la oposición de atrapar una parte de esa masa etérea que marchará hacia el Obelisco, dudan que puedan retenerla hasta que llegue el momento de votar. Tan poca fe tienen en su prédica y en su inteligencia.
Desde el gobierno, hasta el miércoles pasado, se hicieron todos los esfuerzos posibles por no crispar a la clase media, con el fin de sacarle masa a la movilización del próximo jueves. Antes del 13-S, Cristina Fernández se lanzó a una maratón de transmisiones en cadena, hasta el punto que un día estuvo tres veces en el aire y obligó a Marcelo Tinelli a levantar su programa. Al mismo tiempo, la AFIP emitía una norma tras otra agrandando el cepo cambiario y el Banco Central ordenaba no ahorrar en dólares, en un ataque directo al bolsillo de la clase media urbana, muy sensible a defender sus muchos o pocos ahorros.
Ahora, la estrategia oficial ha sido otra. Cristina Fernández, hasta el miércoles pasado, se cuida mucho en el uso de la cadena nacional. Salvo el exabrupto de Andrés “el Cuervo” Larroque, la mayoría de los funcionarios y lenguaraces kirchneristas mantienen un tono moderado en sus declaraciones. La AFIP cesó el acoso sobre los interesados en comprar dólares y el Banco Central ni habla de instrumentos de inversión.
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Hasta mediados de semana, el esfuerzo del oficialismo por no crispar a la clase media ha sido notable. La duda es qué pasará en la semana que comienza. La última cadena de Cristina Fernández mostró a una Presidente de la Nación que no dudó en atacar a todo el repertorio de enemigos conocidos y el embate del dirigente de La Cámpora contra el macrismo, el Frente Amplio Progresista y el radicalismo podrían ser parte de una estrategia para romper con el perfil bajo.
La esperanza del gobierno es que la cantidad de gente que se movilice sea menor que el 13-S. Allí, sin duda, sostendrán que la protesta es un fracaso, que es un nuevo error de la oposición y que es una demostración de la primacía y poder de Cristina Fernández. En su fuero interno, un fracaso de la movilización abrirá la puerta para lanzar la reforma constitucional y la exigencia de un nuevo mandato para la Presidente de la Nación.
Los medios mantenidos con la pauta oficial han lanzado un fuerte ataque hacia los catalizadores del 8-N. Quizás, son la punta de un iceberg de un giro en la estrategia oficial. El gobierno ya hizo trascender que no le preocupa el 8-N. No niegan que será una marcha masiva, pero afirman que no podrá ser capitalizada por la oposición y que no cambiará, para nada, el escenario político actual, que está asegurada la continuidad del modelo kirchnerista muchos años más. De esta forma, la única preocupación del cristinismo talibán es que la marcha, por más masiva que sea, no rompa el status quo político actual.
En las oposiciones no dudan en usar el 8-N como argumento para atacar al gobierno, para autoconvencerse de que están haciendo las cosas bien y que va a ser fácil ganarle las elecciones legislativas a Cristina Fernández el año que viene. En el fondo, van a usar la movilización para alimentar sus propios errores y sostener sus propias fantasías. Sin duda, su falta de acción política no cambiará.
Faltan 3 días para el 8-N, 10 meses para las próximas elecciones legislativas y 3 años para que termine el 2do. mandato de Cristina Fernández. Más allá del resultado de la marcha del jueves, después vendrá el 7-D, se abrirá una dura discusión en las redes sociales si es necesaria una 3ra., una 4ta. o una 5ta. marcha y el gobierno deberá analizar si su estrategia fue exitosa, un fracaso o si tiene que comenzar a pensar en hacer cambios en su gestión.
Por más que se minimice el 8-N, el jueves será un día histórico. Ya sea que vayan 10.000 personas o 2 millones. La historia está cambiando en la Argentina. Del 8-N veremos hacia qué lado cae la moneda. En el medio, está en juego, nada más y nada menos, que la vigencia o no de la Constitución Nacional 1853-60 y el sistema democrático liberal que ella contiene, impulsa y ampara. Nos vemos en el Obelisco.
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